Ruco de onda: Una reflexión sobre el rock, la vejez y la identidad mexicana

¿Se envejece cuando se pierde el ritmo o cuando se acaba el rock? "Ruco de onda" es una crónica vibrante de Iván Sierra Martínez sobre la identidad, la nostalgia y la inmortalidad del rocanrol. ¡Léela aquí!

CREACIÓN LITERARIA: PROSA Y POESÍA

1/20/20263 min read

Hay textos que nos acompañan como una vieja chamarra de cuero: con el tiempo se desgastan, pero ganan carácter. Escribí originalmente este ensayo personal hace algún tiempo para mi blog Los dioses ocultos. Sin embargo, hoy que celebro un año más de vida, he decidido traerlo a mi espacio oficial. Lo he rescatado no por nostalgia gratuita, sino porque sigo creyendo que la identidad se forja en el ritmo y que, a pesar de los achaques y el paso del tiempo, el espíritu debe mantenerse siempre en franca ceremonia rockera. Bienvenidos a esta versión definitiva de un sentir que, por fortuna, no caduca.

Ruco de onda

Dicen que la edad se lleva en el alma, que el verdadero joven lo es fundamentalmente de espíritu, que viejos son los cerros y aún así reverdecen. Y ni qué decir de la música de la chaviza: “¡El rock nunca muere! —afirma la leyenda—, el cuero es el que se arruga nada más”.

Y entre más arrugado y corrugado sea el pellejo, más se adhieren las querencias musicales en el corazón, sí, pero también, más se desconecta uno de la actualidad siempre cambiante, siempre al borde de un abismo que promete convertirse en olvido, o en el mejor de los casos, en historia.

Así llega un punto en que, primero, criticamos la música de los más imberbes, mocosos que no saben ni cómo está el pex ni agarran chido la onda, porque ahora ya no es como antes, porque la neta de la corneta todo tiempo pasado fue mejor, porque en nuestros tiempos…

Luego, nos alcanza el día en que de plano ya ni nos interesa conocer la música del presente, ese rock (o rap o reguetón) que escuchan los vatos de hoy. Se vuelve oficial: nos convertimos en momiza, si no es que en moronguiza. Pero el rocanrol, como toda música que se respete, sirve de ancla en esta vida, pues nos da cierta corporalidad en el mundo reciente que nos asume como fantasmas y se nos revela hostil.

Entonces, los años dorados calcan su impronta más allá de los lustros y las décadas: qué importa el streaming, el YouTube, el Tik Tok, si todavía “me gusta soltarme la greña pa’ andar en el rol y me sé la letra de unas rolas de los Rolling Stones”; qué importa la diabetes o la hipertensión, si las “Inyecciones de rocanrol” están a 33 revoluciones por minuto de un vinil.

¿Te acuerdas de Avándaro, de los hoyos fonquis, del tianguis del Chopo? Cada generación consagra sus espacios, enaltece sus hitos y encumbra su nostalgia a través de la música, porque los lugares enruquecen, la vida misma chochea, e incluso las bandas y los cantantes dan el canicazo (bandas de rock vendrán, bandas de rock desaparecerán).

Pero el rocanrol sigue girando, bailando y ardiendo su hoguera como en el primer día: “me gusta oír a la guitarra cuando empieza a llorar, me gusta oír la batería redoblar, siento que el cuerpo se me enchina y que las piernas me empiezan a temblar…” Pero lo que tiembla es nuestro pulso, nuestro ritmo cardíaco y su compás de 4/4 que no sabe de la finitud en plena ceremonia rockera, en franca muerte cotidiana.

Ese es precisamente el contraste: por un lado, la decrépita huesuda nos seduce, nos cachondea; por otro, la fisiología de la memoria nos disuade y se aferra como mariguano a su bachita: “dices que no eres macizo pero estabas ya bien grifo cuando yo te vi…” Entonces, las rolas llegan como un alud a sepultar nuestros achaques y nos sale lo picudos, lo raboverdes, lo radicales: “presta para andar igual, de lo que te pone así”.

Y somos el mismísimo Elvis reencarnado, o lo que le sigue, un Rey Lagarto que sobrevivió al asombro de estar vivo, aunque en el espejo de la realidad nos veamos tal cual somos: un Alejandro Lora haciendo comerciales para Totalplay. Sin embargo, ¿a quién le importa realmente? “He pensado mucho tiempo acerca de lo que dicen de mí.” A estas alturas de la vida no es relevante el hueso con artritis, sino el tuétano inmortal.

No es que envejezcamos como el guitarrista senil que olvida los acordes o el vocalista octogenario. Ni se trata de ser la groupie chochérrima de la tocada. Más bien, se trata de reciclar lo más esencial y puro de nuestra existencia; de morirla con gusto a través del riff adolescente que nos recuerda nuestra fecha de caducidad; de asir la eternidad aunque sea tan solo por tres minutos con veintiocho segundotes, para después aceptar nuestra condición de betabeles en espera de una próxima ocasión.

¡Ay!, pobres de los chavos, ellos no lo pueden entender, que soy un viejo de onda y… ¡me pasa el rocanrol!